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viernes, 19 de diciembre de 2008

Reseña: Benito del Pliego


EL ÍNDICE DE BENITO DEL PLIEGO
por Andrés Fisher


Desde hace ya casi una década, en concreto desde el capítulo central de su libro Fisiones (Delta Nueve, Madrid, 1997), viene Benito del Pliego (Madrid, 1970, y que desde ese mismo 1997 vive y enseña en USA) escribiendo una poesía con unas señas de identidad consistentes y precisas que no hacen sino ratificarse en su libro de reciente aparición, Índice, (Germanía, Valencia, 2004), por el que le fue concedido el premio Gabriel Celaya.
Poesía consciente e interesada en la estructura del lenguaje en que se expresa, ha desarrollado una metodología que se basa en un ejercicio de la mirada. En el abordaje de lo observado desde diferentes perspectivas o ángulos y en la plasmación de ese observar sin ninguna intención narrativa o figurativa. Ejercicio que, siguiendo un paso vital en el desarrollo del arte contemporáneo, se aleja sin reticencias de la representación para producir en el poema una realidad autónoma sustentada por las propias lógicas que emanan de su construcción, las que se convierten en el sostén de toda la obra. Una poesía que tiene en la fragmentación del discurso otra clave interpretativa vital. En la disociación y la dislocación del objeto contemplado desde diferentes situaciones con la intención de aproximarse a ciertas formas de su esencialidad, y en la posterior yuxtaposición en el poema de los fragmentos de observación obtenidos de esta manera. Es esta una práctica que no deja de recordar al poeta catalán Joan Brossa. Como tampoco a la práctica del cubismo literario —del que el autor es un estudioso reconocido— aunque la relación en este caso de ninguna manera es imitativa en cuanto a una práctica de la escritura, sino que opera en lo que se refiere a una idea estructural de la composición. La poesía de del Pliego entonces, prescinde del tema como entidad globalizadora del sentido del poema y se acerca a lo que dejara escrito Haroldo de Campos: “poesía pues sí/ poesía (…) porque no tienes mensaje/ y tu contenido es tu forma/ y porque estás hecha de palabras/ y no sabes contar ninguna historia/ y por eso eres poesía/ como cage decía”. Todo esto acerca a esta poesía a las corrientes que convergieron hacia las distintas formas del minimalismo, que reclama el máximo poder expresivo con los mínimos recursos. En lo que es una estética pero al mismo tiempo una ética de la composición y es la forma que tiene el autor de acercarse a estos temas, a los que de ninguna manera renuncia, aunque a primera vista pudiera parecer lo contrario. No es raro entonces que en el poema “I” de la primera sección del libro, que está dedicado a Juan Gris, diga: “Lienzos y ventanas, verdad que se intercepta. Palabras y pared haciendo presentes los vanos”. Así, se trata de una poesía esencialmente abierta que necesita de la mirada del lector para completar su sentido. Una poesía que incluso le muestra a su propio autor hallazgos no concebidos por él, en lo que es una plasmación de una de las ideas clave de Gamoneda cuando dice: “solo sé lo que digo cuando está dicho”. Esto, aplicado a la obra de del Pliego, habla de cómo su cuidadosa sistematización no se enajena de elementos como el azar, la imaginación, el pensamiento y la obra entendida como una aventura sin un final concebido de antemano. Como él mismo dejara dicho hace tiempo: “Raro destino, conocer la finalidad con el fin de la obra”. O recientemente, en el poema “P” de la misma sección, justamente dedicado a Gamoneda, cuando expresa: “Insiste en verse con los párpados cerrados, en contemplar aquello que les atraviesa”, reclamando como un ángulo de visión incluso aquel que niega o interrumpe la propia observación. Se compone entonces Índice de dos secciones que desde el inicio practican la simetría y una clara noción estructural que vertebra la obra. Así, ambas secciones, Palingenesia, la primera, e Índice, la segunda, cuentan 27 poemas cada una, titulados con la letra del alfabeto correspondiente desde la A hasta la Z. La forma expresiva siempre es la prosa, que en Palingenesia se estructura en muy breves párrafos (o líneas) numerados (generalmente 3 ó 4 en cada composición) mientras que la totalidad de los poemas agrupados en Índice se resuelven en un solo párrafo, más largo pero de extensión bastante similar si contamos la totalidad de escritura contenida en las composiciones pertenecientes a la primera sección. Se ubica así Benito del Pliego, en relación al panorama de la poesía española contemporánea, en los antípodas de esa poesía que intenta ser corriente dominante, instalada en una sensibilidad y un coloquialismo conformistas, de lenguaje neutro y entidad conservadora. Por el contrario, se sitúa en los extremos de la rica heterogeneidad que sin buscar formar tendencia —de acuerdo con la época— se le contrapone. Dentro de ella, sin duda lo encontramos entre los que tras relectura y reflexión, hacen suyo el legado de las vanguardias como elementos clave en la fundación del lenguaje de la poesía de hoy. Sin un seguimiento literal y menos aún programático de ellas, pero sí en cuanto a una actitud crítica e inquieta hacia en lenguaje; a una idea de descubrimiento del sentido del poema en su proceso de composición. Aquí, siguiendo una vez más a Haroldo de Campos, podríamos situarlo con mayor precisión en esa línea de la modernidad que preferencia lo estructural frente a la alquimia del verbo y que se origina en Mallarmé teniendo su continuación en constructivismo, cubismo, poesía concreta, y obras individuales como las de Cabral de Melo, Brossa o Juan Luis Martínez. Escribió Juan Larrea: “El ojo lava su párpado al borde confuso de la duda”, en el que es un verso muy cercano a la práctica de del Pliego, que construye y que duda. Que deconstruye haciendo de esa duda la certeza esencial que yuxtapone en el poema los fragmentos previamente obtenidos mediante el ejercicio de la mirada que disecciona desde diferentes perspectivas al objeto. Objeto que siempre está presente, aunque dislocado y que actúa como ancla en una poesía donde el yo se disuelve en la escritura y donde el sujeto suele cambiar, produciendo una sugerente inquietud gramatical que es parte sustantiva del sentido del poema. Y es que la mirada, su propio ejercicio como clave de esta escritura, es al mismo tiempo cuestionado y complejizado. Como de expresa en el poema “B” de Palingenesia: “Se desdobla, se mira mirando y todo se aleja./ El placer de un mirar que reintegra: es ella, la fronda, la distancia que todo lo crea”. Tenemos entonces una mirada fragmentada que alcanza en la dislocación y la posterior yuxtaposición de los elementos así obtenidos una entidad autónoma, pero al mismo tiempo, nunca deja de ser una mirada precisa sobre las cosas concretas. Una observación física, aunque luego el resultado se eleve en el proceso (re)constructivo del poema incorporando notables dosis de pensamiento, el que también aparece fragmentado, sin que esto signifique una merma en su solidez, sino al contrario, pues también encuentra su propia lógica expresiva. En este sentido, quizá Palingenesia esté mas anclado en el propio ejercicio de la mirada e Índice algo más en el proceso (re)constructivo, aunque sin duda ambos comparten las mismas señas de identidad y de actitud hacia la composición que son las que vertebran toda la obra de del Pliego. Se trata entonces, siguiendo a Julieta Valero, de una poesía que indaga en los espacios en los que se asienta el yo en vez de predicar cosas sobre él. Una poesía que encuentra la belleza y el misterio en un ejercicio sistematizado de la mirada y en el propio proceso de su composición. Una poesía orientada a lo esencial que renuncia a efectismos y sensiblerías al tiempo que gana en solidez mediante una lúcida habitación en fragmentos del quehacer estético y hasta epistemológico de la postmodernidad. Una poesía en la que pensamiento e imagen logran una poderosa y muy particular interacción que da origen a un lugar donde habitan al mismo tiempo serenidad y riesgo. Lo que podemos leer con deleite en el poema “U” de Palingenesia, dedicado a Luis Cardoza y Aragón: “El árbol, tierra para el árbol, y la tierra, tronco en descomposición para que brote tierra./ Río que germina: la piedra fluye y la erosión del árbol se gesta./ Y todo dispuesto ante él: ranas y motor fundidos con el pensamiento”.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Reseña: Paco Sevilla

¿Y SI TODO COMENZASE CON UN ETC.?

La travesía del hombre barco de Francisco José Sevilla

por Patricia Esteban



¿Y si no hubiéramos empezado a decir y, sin embargo, una estela de sentido atravesara el aire con inesperado ademán de lenguaje? Retomar la metáfora suspendida de la realidad: en esa y en otras riesgosas direcciones se tiende la escritura en La travesía del hombre barco de Francisco José Sevilla. Discurso incomenzado e interminable, el poema cuestiona aquí su consabida consistencia de poema. Ya desde la exterioridad de los textos, desde su intrincada irregularidad, se pone de manifiesto que no será este un lugar para mensurables certezas. Lo endeble, lo indistinto, lo que podría llegar a desvanecerse constituyen la sustancia que hace posible la fulminante presencia de lo poético. Leemos en uno de los poemas: “especialmente/ atrae/ cuanto/ de/ imperfecto/ deslavazado/ e/ inven-/ ci-/ ble puedan/ te-/ ner/ unos versos/ que/ se/ resisten/ al/ olvido/ de/ las generaciones”. La fragilidad no deja de exhibirse como ejercicio de máxima resistencia en la palabra. Imprecisión exacta en la que resuena la intuición barthesiana de que si la literatura es posible, es sólo gracias a que el mundo no está hecho.

En el pulso con lo inesperable radicará el mayor reto para el lector de estos poemas. Resulta significativo el “Poema-anfitrión” que lleva como subtítulo “(Oda contra la farsa)”, frontispicio del libro a modo de advertencia de que, aun con los brazos abiertos, no se nos recibirá con el decoro forzoso de los buenos modales poéticos. El lector que quiera transitar por estos versos deberá comenzar por desenmascararse, y para este gesto contra las falsas apoyaturas culturales la consigna es clara: “ríanse de sus propios egos”.

La travesía posible por el libro no es lineal, pero traza una sostenida línea en cada una de las tres partes designadas como “Showmanship”; apropiación del sentido foráneo que evoca el nombre del “hombre barco”, personaje de habla flotante, orador en la intemperie de la intimidad que inunda de impostura casi inconveniente el espacio extrañamente público de la lectura. Entre las acotaciones musicales que puntualizan el tono de cada una de las partes, los “solos de violín” que abren y cierran el libro, y que referirían el momento de máxima suspensión melódica a punto del desmoronamiento de la avalancha orquestal, anuncian una cualidad formal presente en los poemas: la verticalidad extrema de los versos, antenas-filamentos, palabras de perfil, adelgazándose en la página, no por esencialidad silenciosa, sino por la sacudida veloz del acontecimiento poético. Tendidos por un instante en el aire, parecieran decidirse entre la fugacidad temporal del decir y la evanescencia de un trazo sin caligrafía. La oralidad, fundamental en estos textos, será entendida no como pulso con los modos transcriptivos del habla, sino en una inmediatez ferozmente comunicativa de lo metafórico, la de una cotidianeidad del decir dada la vuelta. En esta cercanía se produce una conexión generosa con otras disciplinas artísticas, obras, autores, melodías, resonancias explícitas y encubiertas de vivencias estéticas que multiplican el espacio perceptivo de la lectura: “En mi espejismo colectivo/ unos 600 ó 700 insectos de Joan Miró hacen suyo un poema/ de Wallace Stevens,/ lo respiran delgadamente en el ramear de pinares orilleros”. Incluso las numerosas dedicatorias no dejan de ser significantes: saltan de la privacidad fraternal a la página para dotar de una textura coral a los poemas.

La tendencia a lo vertical es también indicio de un intenso trato con la finitud. A lo largo del libro se trastocan una y otra vez los motivos clásicos sobre el paso del tiempo, esbozándose a modo de epitafios formas de pervivencia como la del amor o la naturaleza: “Por huesudamente aún tenernos cerca/ como apetencia. Quisiera que bajo esto/ no/ hubiera silencio. Clasificáramos nubes”. Celebración de la huida del tiempo en una confusión de épocas y momentos vitales, con el convencimiento de que la contemporaneidad sólo es tal en la irreverencia del anacronismo. Mediante un posicionamiento frente a la ilusión de una actualidad absoluta, el poeta nos permite traspasar el frío límite de las representaciones. En “Homenaje a Pieter Brueghel el viejo. Paisaje nevado”, la distancia con el cuadro se confunde con la linde de una barra de bar donde fuese posible hacer una petición de siglos al camarero. Apasionante indiferenciación psico-semántica, por la que el lector estará tentado de perderse patinando en el estanque helado de Brueghel bajo “el detalle trágico de un negro pájaro/ sobrevolando en forma de cruz el valle/ ¿miniatura de la muerte?”.

Confusión como rasgo esencial de la dedicación poética. En La travesía del hombre barco el poeta no es aquel que busca ocultas correspondencias, sino el que es capaz de prescindir radicalmente de la diferenciación; leemos en una de las “anti-poéticas”: “Si quieres llegar a ser algún día un poeta/ te es imprescindible y necesario confundir lo identificable y obvio;/ la confusión gaseosa de conceptos y sentimientos es el principio/ de una gran amistad con la fidelidad de lo invisible”. Proposición que nos permitiría confundirnos con la representación del poeta y brindar con su propia mano, aun ante el peligro de ahogarnos en la sombra, como aquel venerable oriental enamorado de la luna. En ese riesgo seguimos la estela de la poesía, no estamos a salvo y sin embargo, etc.



UN POEMA DE FRANCISCO JOSÉ SEVILLA

VARIACIONES DE: “CUIDA DE TU IMAGEN EN EL ESPEJO”

Homage á Wallace Stevens


Barcas

de fibra de vidrio y resina de poliester cruzan

el canal...


Un sol de glaseados vidrios acentúa la mediatarde,

(completada a complejos democristianos),


(inciso):

El sol se entiende políticamente solar...


En mi espejismo colectivo

unos 600 ó 700 insectos de Joan Miró hacen suyo un poema

de Wallace Stevens,

lo respiran delgadamente en el ramear de pinares orilleros.


Y barcas,

barcas embudándose en el canal sin puentes de pintores.

Naturaleza práctica y omnívora sin poesía ni belleza.


¿Qué significado o valor igual a éstos encerrará

mi visión del conjunto; promesa de nieve o sintética cadena

perpetua de la realidad inamovible?


Y qué, para no incluirme en este grabado a mano por algún artesano.

Los poetas, pienso, viven metidos de lleno en postales inútiles y etcs...

martes, 19 de junio de 2007

Reseña: Patricia Esteban


Patricia Esteban

EL RESCATE INVISIBLE

Amargord Ediciones, Madrid, 2005.

Por Olga Muñoz


Tomo el libro de Patricia en las manos y empiezo a inspeccionarlo. Leo la solapa, donde aparece una fotografía partida en dos: a un lado Patricia, meditabunda. Se afirma en el texto que “su capacidad de desdoblamiento no conoce límites”. Leo después los títulos de las secciones: poemas entremedios, poemas entresueños, poemas entrevistos. Y el epígrafe de Pierre Reverdy que encabeza la primera parte:


Somos dos

En la misma línea donde todo se alinea

En los meandros de la noche

Hay una palabra en medio


Confirmo que todo insiste sutilmente en lo mismo: lo doble, la división, la línea desde la que se percibe el otro lado (poemas entremedios, entresueños, entrevistos). “Somos dos”, dice Reverdy, y “Hay una palabra en medio”.

La poesía de El rescate invisible creo que se ocupa de eso que permanece en medio, se ocupa de ese punto desde el que se va doblando o desdoblando la realidad. La primera parte, por ejemplo (titulada “Poemas entremedios”), recoge textos que están divididos visualmente en dos mitades.

Con estos poemas, tengo la sensación de que la poesía de Patricia en este libro se va construyendo como quien arma un juguete de papel. La papiroflexia consiste precisamente en eso, en tomar una hoja e ir doblándola más y más hasta hacer aparecer un objeto liviano con numerosas caras. Los poemas de Patricia se forman también así: se toma la realidad, se la dobla y desdobla, se juega con ella, se yuxtaponen personajes, se enfrentan situaciones... una misma anécdota se convierte en el eje sobre el que se apoyan dos versiones distintas.

La segunda sección (“Poemas entresueños”) lleva una cita de e.e. cummings: “(...) todos los mundos están condenados a ver a medias”. Como anuncia el título, el sueño es protagonista de estos versos. Se percibe de nuevo otro desdoblamiento: el sueño es una visión más, es una cara más de las muchas del poema. En esta segunda sección se encuentra el texto que da título al libro: “El rescate invisible”. En él se cuenta cómo van deshaciéndose los cuadros, como la pintura va borrándose de las obras de arte más conocidas de los museos. Sigue a éste el poema que empieza “Perdida ya la forma”, que recrea el movimiento de un cuerpo hecho pedazos que intenta reconstruirse. Leemos: “Perdida ya la forma / el tronco y la cabeza se desatan. / Ocultos tras la horma / sus límites rescatan / las piernas y los brazos y se abrazan.” De estos dos poemas me interesan mucho la idea de “rescate” y la idea de “límite”. Hay que rescatar entonces esos cuadros que se van difuminando, hay que lograr fijar los límites de un cuerpo que es un rompecabezas.

El libro de Patricia, como su título indica, propone este rescate invisible. Un rescate de la realidad desde el límite: el límite que separa una cosa de otra (poemas entremedios), el límite que separa la vigilia de lo onírico (poemas entresueños) o bien el límite juguetón que se traspasa en el texto cuando perseguimos un numerito que nos envía a pie de página (poemas entrevistos, la tercera sección).

Por eso también se propone y traspasa un límite más en la poesía de Patricia: el límite que separa autor, texto, lector y protagonista del poema. Entramos ya en el ámbito textual, un ámbito del que es imposible salir a partir de la mitad del libro, desde “Hiperacusia auditiva”, donde un escritor de diálogos para novelas en serie comienza a oír el guión que precede gráficamente la intervención de un personaje. En estos poemas el lector decide cómo desarrollar el texto que se le ofrece, y se convierte entonces en un lector titubeante: “(...) la botella cae al agua (...) Se arrepiente, / haber infravalorado la capacidad heroica de un recipiente” (pág. 42)

Dice otro poema: “Cuando sales del vagón del metro y ves a una persona ciega en apuros, la coges del brazo para orientarla hacia la salida y se va la luz y es ella quien te orienta.” Esto sucede con el libro de Patricia: como lectora, empiezas a leer pensando que podrás comentar luego los poemas, que podrás argumentar tus conclusiones tras la lectura, como sucede con otros poemarios. Pero empiezas a leer y son los textos los que te llevan, los que te guían. Tú no puedes conducirlos ni colocarlos en ninguna parte. Son poemas que más bien te sitúan a ti como lectora, poemas nada tranquilizadores, afortunadamente.

Y además los poemas de Patricia no sólo guían al lector sino que también lo observan, lo acechan. Se intercambian una vez más los papeles: el lector lee el texto, lo mira (una poesía con un componente visual fundamental), pero se percata luego de que el texto está pendiente de sus reacciones, el poema lo ve leer. Esto sucede muy claramente en el poema titulado “Actos de habla”, donde el numerito que nos envía a la nota al pie nos anuncia su presencia y espera impaciente a que hagamos el recorrido obligado desde el cuerpo del texto hasta las líneas inferiores de la nota (“Le he estado observando durante el descenso, ha titubeado, pero finalmente está aquí y aquí permanecerá hasta que terminen estas líneas, en ese momento usted deberá subir rápidamente. Yo le haré señas desde el mismo lugar en el que nos vimos por última vez allí arriba” (pág. 58).

La poesía de Patricia trabaja con la realidad lúdicamente, sin sentimentalismos que distraigan de la práctica que se propone. Esta certeza me ha hecho recordar una cita de Joseph Brodsky:


Hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que no alimentarse de la vida sentimental de uno es una virtud. Hay siempre bastante trabajo por hacer, por no mencionar la gran cantidad de mundo que hay fuera de nosotros.

(Joseph Brodsky, Marca de agua. Traducción de Menchu Gutiérrez. Madrid, Siruela, 2005, pág. 71).


Con este libro se nos ofrece el juego de doblar y desdoblar el mundo como si fuera una hoja con la que armar cualquier figura (un barco, una pajarita, un avión), para luego observar qué caras la conforman, cómo se enfrentan unas a otras, si son numerosas o no. Y nos permite, además, protagonizar el rescate de la realidad desde sus límites, hacer nuestro propio rescate invisible.



TIRONÍRICO


Tenso el arco.

En el instante preciso del disparo despierto.

Llaman a la puerta.


A tres manzanas de aquí

la flecha da en el blanco-sueño de alguien

que aún duerme.